Este verano, la revista Dirigido por... Trae la primera parte de un excelente dossier dedicado al director británico Terence Fisher.
Terence Fisher fue el director que puso cara, color y atmósfera gótica al terror de la Hammer Film Productions y sin él Drácula, Frankenstein y la momia no serían lo que son hoy en la memoria colectiva.
Terence Fisher conversa con Christopher Lee en una pausa del rodaje de 'The Devil Rides Out' (1968)
Nació en Londres el 23 de febrero de 1904 y empezó su carrera lejos de las cámaras, como marinero y luego editor de cine. Esa etapa como montador en los años 30 y 40 le dio un sentido del ritmo brutal que luego aplicaría a sus películas de terror. Sabía exactamente cuándo cortar, cuándo aguantar un plano y cuándo dejar que el silencio hiciera el trabajo sucio. Su salto a la dirección llegó en 1948 con una serie de thrillers y dramas de serie B para la Hammer, una productora británica que entonces hacía de todo para sobrevivir. La Hammer no tenía dinero pero Fisher tenía ideas, y juntos encontraron la fórmula que los haría legendarios: agarrar los monstruos clásicos de Universal, meterlos en color Technicolor, vestirlos con decorados de cartón piedra que parecían de cuento, y darle al público lo que quería, sexo, sangre y miedo con elegancia.
El punto de inflexión fue La maldición de Frankenstein en 1957. Fisher cogió la historia de Mary Shelley y la volvió visceral, barroca, casi operística. Peter Cushing como el barón Frankenstein y Christopher Lee como la criatura funcionaron porque Fisher los dirigió sin miedo al exceso. No filmaba monstruos, filmaba obsesiones. Su Frankenstein no era solo ciencia, era ambición desmedida, pecado y culpa, todo envuelto en rojos intensos y sombras largas. Un año después llegó Drácula de 1958 y ahí Fisher remató la faena. Christopher Lee como Drácula no camina, se desliza. La cámara de Fisher lo sigue como si fuera un depredador y cada vez que abre los ojos amarillos la sala se congela. Fue la primera vez que Drácula hablaba y sangraba en color, y Fisher entendió que el color podía ser un arma de terror. El rojo de la sangre, el verde de los ojos, el dorado de los candelabros góticos, todo estaba pensado para hipnotizar.
Fisher rodó más de 70 películas pero su corazón siempre estuvo en la Hammer. Hizo La momia en 1959, Las novias de Drácula en 1960, El perro de los Baskerville en 1959 y un sinfín de títulos donde mezclaba horror victoriano con una sensualidad que la censura británica odiaba y el público adoraba. Su estilo era directo, sin florituras intelectuales. Creía que el terror funcionaba por atmósfera, no por explicaciones. Rodaba rápido, con poco presupuesto, pero exigía a sus actores compromiso total. Cushing y Lee lo adoraban porque él los dejaba ser grandes, teatrales, casi shakesperianos. Fuera de cámara era un hombre tranquilo, fumador empedernido, amante de la pintura y la música clásica, nada que ver con el caos gótico que filmaba. En 1972 sufrió un ictus que le paralizó un lado del cuerpo y eso acabó con su carrera. Siguió intentando dirigir, obsesionado con el cine, pero su salud no se lo permitió. Murió en Twickenham el 18 de junio de 1980, prácticamente olvidado por la crítica seria de la época. Tuvieron que pasar años para que se reconociera su influencia. Hoy se le considera un autor total. Quentin Tarantino, Tim Burton y Martin Scorsese han hablado de él como maestro. Burton literalmente creció viendo sus Frankensteins y se nota en cada encuadre de su cine. Fisher demostró que el terror de serie B podía tener alma, estilo y poesía. Convirtió castillos de cartón en catedrales del miedo y a dos actores de teatro en iconos del siglo XX. Su legado es simple: enseñó que mostrar el monstruo no lo arruina si lo muestras con deseo, con color y con respeto al espectador. Por eso cuando ves a Drácula salir de su ataúd o a la criatura de Frankenstein dando su primer paso, estás viendo la mano de Terence Fisher, un marinero que aprendió a cortar películas y acabó cortando el aliento a generaciones enteras.







