Drácula A.D. 1972 (Drácula 73 en España) es la película que rompió todas las reglas que Hammer Film Productions había construido durante 15 años y por eso mismo es la más fascinante de su saga del Conde.
Estrenada en 1972 y dirigida por Peter Sasdy, esta séptima entrega protagonizada por Christopher Lee como Drácula y Peter Cushing como el Profesor Lawrence Van Helsing decidió algo que ningún estudio grande se había atrevido: sacar al vampiro más famoso del gótico victoriano y plantarlo en el Londres real de los años 70, con minifaldas, discotecas, tráfico, metro y toda la contracultura hippie.
La película nace de una necesidad comercial desesperada. Para 1972 el público joven ya no iba a ver castillos, damas victorianas y capas. Querían psicodelia, rock, sexo libre y rebeldía. Hammer estaba quebrando porque su fórmula de terror gótico de época se había agotado. Así que la productora tomó la decisión más arriesgada de su historia: modernizar a Drácula cueste lo que cueste.
El guion de Don Houghton arranca en 1872 con un prólogo que sí es Hammer pura. Johnny Alucard, un descendiente del Conde cuyo nombre es Drácula al revés, celebra una misa negra en una abadía en ruinas para resucitar a su amo. El Profesor Van Helsing de aquella época, antepasado del que veremos después, irrumpe, clava una estaca en el corazón de Drácula y mata también a Alucard. Cien años después, en 1972, un grupo de jóvenes londinenses celebra una fiesta en esas mismas ruinas. Hacen una sesión espiritista por diversión, sin creer en nada, y sin querer despiertan a Drácula de su sueño secular.
El Conde vuelve a la vida en un mundo que no reconoce. Ya no hay carruajes ni castillos aislados. Hay semáforos, coches, autobuses de dos pisos, pisos compartidos con alfombras peludas y una discoteca llamada "The Love Lounge" donde suena funk y wah-wah. Drácula, interpretado por un Christopher Lee que apenas tiene cinco líneas de diálogo porque el guion decidió hacerlo más animal que orador, deambula por la ciudad como un depredador fuera de lugar. Su chaqueta negra y su capa contrastan brutalmente con el Londres colorido y sucio de principios de los 70. Esa imagen de Lee caminando por un parque de día o bajando escaleras del metro es la esencia de la película: el mal antiguo invadiendo la modernidad. Para ayudarle aparece otro Johnny Alucard, líder de un culto satánico que mezcla drogas, sexo libre y rituales. El grupo de jóvenes del inicio, liderado por Jessica, tataranieta de Van Helsing, se ve arrastrado al conflicto. Jessica es interpretada por Stephanie Beacham y representa el choque generacional.
Empieza como una chica de fiesta, irresponsable, que va a la sesión espiritista por aburrimiento. Pero cuando ve lo que ha desatado, se convierte en la heroína que, junto a su abuelo Lawrence Van Helsing, debe detener al Conde. Peter Cushing está maravilloso aquí porque ya no es el Van Helsing elegante y seguro de 1958. Es un profesor mayor, con jersey de lana y gafas, perdido en el nuevo mundo, que tiene que aprender de los jóvenes para poder vencer. Su química con Beacham le da corazón a una película que de otro modo sería solo exceso. El duelo final ocurre en la iglesia en ruinas donde todo empezó. Hammer vuelve a su terreno con estacas, luz solar atravesando vitrales rotos y efectos prácticos de desintegración. La muerte de Drácula cuando el sol entra por el techo y lo reduce a ceniza es uno de los finales más visuales de toda la saga. Más allá de la trama, la película habla de algo más profundo: el choque entre tradición y juventud. Van Helsing representa la razón, los libros, la fe antigua. Los jóvenes representan el nuevo mundo, el sexo, las drogas, el escepticismo. Hammer se estaba mirando al espejo porque ellos eran los viejos del gótico intentando hablar el idioma de la contracultura para sobrevivir. La banda sonora de Mike Vickers refuerza esa idea con ritmos de discoteca en vez de orquesta clásica. Cuando Drácula entra en "The Love Lounge" la música suena más a Shaft que a Bernard Herrmann y eso descoloca al espectador tanto como descoloca al propio Conde. La estética de la película es un festín para los amantes de los 70. Decorados psicodélicos, ropa colorida, neón, grafitis en la abadía. El Londres que retrata ya no existe y por eso la película funciona como cápsula del tiempo. Ver a Drácula confundido por un taxi o acechando en un piso compartido tiene algo de absurdo y algo de perturbador a la vez.
Christopher Lee odió esta etapa. Él quería que Drácula tuviera diálogos, carisma, presencia verbal. En cambio el guion le quitó la voz para hacerlo más monstruo silencioso y Lee siempre dijo que él era actor, no un monstruo de creature feature. Aun así su presencia física sostiene la película. Con solo su mirada y su porte convierte escenas que podrían ser ridículas en momentos inquietantes. Peter Cushing y Lee solo comparten dos escenas porque Hammer ya no podía pagarles juntos todo el metraje, pero cuando están frente a frente se nota por qué definieron el horror británico durante dos décadas.
La recepción en 1972 fue mala. La crítica la destrozó diciendo que era Drácula conoce a Easy Rider y el público joven tampoco conectó porque era demasiado Hammer para ellos y demasiado moderna para los fans clásicos. Taquilla floja y Hammer siguió cuesta abajo. Pero con los años Drácula A.D. 1972 se convirtió en peli de culto. Hoy se valora su audacia porque fue la primera en actualizar a Drácula al presente. Universal no se atrevió a tanto hasta décadas después. La película es camp, es fallida, es desigual, pero es única. Tiene el prólogo gótico que los fans clásicos piden y luego el salto a los 70 que la hace distinta a todo lo demás. El guion envejece mal en los diálogos juveniles llenos de far out man cada dos minutos, y el presupuesto bajo se nota en los efectos y en los sets pequeños. Quitarle voz a Lee fue un error porque Drácula necesita hablar para intimidar. Y el tono no sabe si quiere ser terror serio o comedia involuntaria, pasando de una misa negra con sacrificios a chistes de hippies en cuestión de minutos. Aun con esos fallos, la película tiene méritos que la hacen imprescindible si te gusta Hammer. El ritmo es ágil, dura 96 minutos y no se hace larga. La fotografía en Technicolor conserva ese grano y esos colores saturados típicos de la productora.
Las ediciones Blu-ray de StudioCanal y Scream Factory restauran bien el material y permiten ver el detalle de los decorados y el vestuario. Para coleccionistas es una pieza clave porque marca el inicio de la etapa más experimental de Hammer antes de cerrar. Gracias a esta película vino The Satanic Rites of Dracula (Los ritos satánicos de Drácula) en 1973, que es aún más loca porque mete al Conde contra el MI6 y armas biológicas. Sin A.D. 1972 no existiría esa secuela.
En resumen, Dracula A.D. 1972 no es la mejor película de Drácula ni la mejor de Hammer, pero es la más valiente. Prefirió morir intentando algo nuevo que vivir repitiendo la misma fórmula de castillo y doncella. Si esperas gótico victoriano te vas a frustrar. Si vas con mente abierta, encontrarás una película que mezcla horror, psicodelia, sátira generacional y un Christopher Lee caminando por Londres como si fuera el último dinosaurio en una ciudad que ya no es suya. Es tan mala que es buena, tan anticuada que resulta moderna, tan fallida que se vuelve entrañable. Y por eso, 50 años después, sigue dando de qué hablar cada vez que alguien se pregunta qué pasaría si el Conde dejara Transilvania y se mudara a la ciudad.
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