jueves, 10 de septiembre de 2026

'VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA' EN BLU-RAY


En el verano de 1977, cuando España todavía estrenaba películas en cines de sesión continua y el olor a palomitas se mezclaba con el de tabaco negro, se coló en la cartelera un cartel pintado a mano que prometía monstruos, volcanes y un viaje imposible. Era Viaje al centro de la Tierra, firmada por el debutante Juan Piquer Simón, y con ella el cine fantástico español decidió que ya estaba bien de mirar a Hollywood desde abajo. Piquer era un valenciano terco que acabó hipotecando su casa para comprar metros de negativo. Venía de hacer spots de televisión y documentales industriales. Había olido que el público quería aventuras. Jules Verne estaba libre de derechos, los niños devoraban los tebeos de aventuras gráficas y en la tele triunfaban las series de aventuras y monstruos. Lo tenía todo en la cabeza menos dinero. Pero eso, en el cine de Piquer, nunca fue un problema sino un género.

La idea nació en su despacho de la calle Padrillo de Madrid que olía a café de puchero y a celuloide. Piquer leyó la novela de Verne a los doce años y se quedó con la imagen del profesor Lidenbrock entrando por el cráter del Sneffels. No le interesaba la fidelidad literaria. Le interesaba el plano de un dinosaurio saliendo de un lago subterráneo. Llamó a Carlos Puerto y le dijo que quería “Verne con monstruos de verdad”. Puerto escribió un libreto en dos semanas donde metió de todo. El profesor Otto Lidenbrock seguía siendo alemán, pero ahora tenía sobrino español para poder meter cuota de pantalla. Añadieron una mujer, Glauben, porque en 1976 ya no colaba una expedición solo de hombres. Y sobre todo metieron bichos. Verne describía un ictiosaurio y un plesiosaurio peleando en el mar central. Piquer quiso un cementerio de mastodontes, tortugas y hongos gigantes, un océano con tormentas y un simio que vivía en la ciudad perdida de la Atlántida. Nadie le dijo que no. Nadie podía. Pagaba él.
Más tarde buscó a John Melson, un guionista americano que malvivía en Torremolinos, y el libreto lo adaptaron al inglés.  

El reparto fue un casting de retales. Para Lidenbrock fichó a Kenneth More, un actor inglés que había sido estrella en los cincuenta con Genevieve y La última noche del Titanic, pero era conocido en nuestro país por la serie El padre Brown que se emitía por TVE por aquel entonces,  y ahora aceptaba trabajos en España por el sol y por el cheque. More tenía 62 años, la salud tocada y una flema británica que le iba al personaje. Le pagaron 30.000 dólares y un apartamento en Almería. Para el sobrino Axel trajo a Pep Munné, actor catalán de teatro que nunca había hecho cine de aventuras. Munné medía 1,80 y tenía cara de estudiante. La chica era Yvonne Sentis, belga, que venía de hacer cine erótico de destape. Piquer la vistió de exploradora con pantalón de pana y le prohibió escotes. El guía Hans lo interpretó Frank Braña, especialista asturiano que había hecho de indio en eurowesterns. Braña no hablaba inglés, pero su papel tenía tres frases y todas eran “Sí, profesor”. El villano Olsen fue para el gran Jack Taylor, americano afincado en Madrid que ya era el malo oficial de todo el cine fantástico patrio. Taylor entendió el tono en el primer día. 

Piquer rodó en 35 mm con una cámara Mitchell que alquiló a Samuel Bronston y que se atascaba con el calor. Los interiores los filmó en varias localizaciones de Madrid, en el propio estudio (que pasó a llamarse Almena Films) más las cuevas de Valporquero (León) y los exteriores los hizo en Lanzarote, en el Timanfaya. El paisaje parecía otro planeta. El equipo llegó en junio de 1976 con 40 técnicos, tres camiones y un susto. No había hoteles. Durmieron en casa de pescadores de El Golfo. El agua se traía en cisternas. La luz la daba un generador que se paraba cada tres horas. Para simular el descenso al cráter usaron la Cueva de los Verdes. Los actores bajaban con cuerdas de verdad, sin arneses ocultos. Kenneth More se resbaló un día y se hizo un esguince. Rodó el resto de la película con la pierna hinchada dentro de la bota. Nadie se quejó. Piquer había dejado claro el primer día. “Aquí hemos venido a hacer historia o a dejarnos los dientes. Lo segundo es más probable”.

Para los efectos especiales estaba el mejor. Emilio Ruiz del Río, era un genio de la perspectiva forzada. Había trabajado en Espartaco y en Patton. Con cuatro cartones, un espejo y un juego de luces te hacía un valle de un kilómetro. Para el océano subterráneo pintó un ciclorama y lo iluminó con cuarzos para que diera reflejo. El agua era una piscina. Los actores navegaban en una balsa de corcho y por debajo habían personas empujando con las manos. Cuando venía la tormenta, mangueras de agua y un ventilador de obra hacía las olas. El truco se ve, pero la convicción lo tapa. Ruiz también diseñó la ciudad de la Atlántida con frascos de cristal, columnas de escayola y papel de plata. La volaron de verdad en el final con tres petardos y mucho humo.



Los monstruos fueron el milagro y el desastre. Piquer no podía pagar a Ray Harryhausen, así que tiró de lo que tenía. Los dinosaurios eran de goma. Los filmaron en alta velocidad para que parecieran gigantes. El truco funciona a ratos. El simio era un hombre con un traje de pelo de yak alquilado en una casa de disfraces de la Gran Vía. Dentro sudaba Ángel Menéndez, un especialista que perdió cuatro kilos por día de rodaje. Los hongos gigantes eran de poliéster. El día que lo montaron hizo viento y los hongos salieron volando y uno le dio a Yvonne Sentis en la cabeza. La actriz tuvo un chichón y Piquer tuvo un plano que aprovechó. 


Viaje al centro de la Tierra se estrenó en España el 15 de agosto de 1977. La crítica la machacó. ABC dijo que era “Verne en chándal”. La revista "Fotogramas" la llamó “turismo de alpargata”. Pero los cines de barrio se llenaron. Los niños salían imitando al simio y pidiendo a sus padres que los llevaran a Lanzarote. Recaudó 98 millones de pesetas en España. Luego se vendió a 52 países. En Estados Unidos la compró Warner Bros para llenar programas dobles. Le cambiaron el título a Where Time Began y le cambiaron la introducción. Hizo 2 millones de dólares allí. En México fue El centro de la Tierra y la pasaban cada sábado en el canal 5. En Alemania la titularon Reise zum Mittelpunkt der Erde y la pusieron de película para niños en Navidad. Piquer recuperó cinco veces el dinero. Con eso compró los estudios de Daganzo, pagó Supersonic Man, Misterio en la isla de los monstruos y Los diablos de mar.


Ver 'Viaje al centro de la Tierra' hoy es viajar a un tiempo en que el cine español no pedía permiso


En Estados Unidos cortaron la (horrorosa) escena humorística con Blaki en la biblioteca. Cuando Juan Piquer lo vio, comprobó que mejoraba el ritmo y también la eliminó de la versión española.




El 15 de agosto de 1977 se estrena el impresionante estreno de la película más espectacular basada en la novela de Jules Verne, con dinosaurios, tortugas gigantes y un primo ibérico de King Kong. Dirigió por primera vez en su carrera, Juan Piquer Simón. 



Rodar 'Viaje al centro de la Tierra' fue como meter a una tuna en una expedición al Everest. No había duros. El presupuesto final fueron 45 millones de pesetas, unos 270.000 dólares de entonces. 'King Kong' de John Gullermon y producida por Dino De Laurentiis costó 24 millones de dólares el mismo año. 


El rodaje acabó en agosto del 76 con todos más delgados y más amigos. Piquer montó la película en la moviola que tenía en su estudio de la calle Padrillo. Cortó, pegó, metió planos de volcanes de Islandia que compró a un documentalista noruego y añadió rugidos de león para los dinosaurios.


Piquer murió en 2011. En su despacho seguían los dinosaurios de goma y una foto dedicada de Kenneth More: “To Juan, who took me to the center of the Earth with no money and lots of guts”. Kenneth More murió en 1982. Pep Munné sigue haciendo teatro y cuando le preguntan por la película se ríe. “Era mala, pero era nuestra. Y volábamos”. Frank Braña se fue de esta Tierra después de 180 películas e Yvonne Sentis desapareció del cine y montó una floristería en Bruselas. 


La música la firmó Juan Carlos Calderón, que venía de hacerle baladas a Mocedades. Piquer le pidió “algo como 2001 pero que cueste menos”. Calderón le entregó una partitura para 40 músicos que grabaron en una mañana. Metió sintetizador Moog para las cuevas, timbales para los monstruos y un tema central con trompeta que suena a aventura de domingo por la tarde. Cuando la expedición ve el mar subterráneo, la orquesta rompe en un acorde que te levanta del asiento. El presupuesto de música fue de 300.000 pesetas. Suena a tres millones.