viernes, 2 de diciembre de 2016

AUTOBIOGRAFÍA DEL ACTOR JACK TAYLOR



Jack Taylor escribe su autobiografía para la Fundación AISGE

Cuento lo que me permite mi disco duro’ relata con ternura las andanzas de quien fuera vecino de Marilyn Monroe y compañero de camerino de Imperio Argentina.

 Aunque nació siendo George Brown Randall (Oregón City, EE UU, 1936), Jack Taylor no utiliza ningún pseudónimo porque Jack es el nombre de un actor enorme, de mirada profunda y gesto enigmático. Nunca quiso encasillarse en ningún género, aunque hizo decenas de westerns y películas de terror, y supo reinventarse hasta alcanzar el grado de guiri mítico entre aquellas generaciones que crecieron disfrutando de la serie B y las sesiones dobles en los cines de barrio.


 Recién llegado del otro lado del Atlántico, tras pasar por Los Ángeles y México, Jack enseguida vio claro que su destino natural no era Hollywood, sino Europa. En el viejo continente triunfaban el neorrealismo italiano y la nouvelle vague francesa, sin olvidarnos del spaguetti western y el cine de terror que se desarrollaron en España a partir de los años 60. Todo un reto para un actor versátil e inteligente como él, que acaba de celebrar este mes de octubre su condición de octogenario.

   Hablar inglés le sirvió para alcanzar muchos papeles y metas en la vida, pero solo llegó hasta donde lo ha hecho gracias a su contrastada calidad profesional y humana. Y sobre todo ello reflexiona en Cuento lo que me permite su disco duro, una autobiografía tierna y amenísima que verá la luz el próximo mes de enero a través del Taller de la Memoria, la colección de la Fundación AISGE sobre los veteranos de nuestra escena. El prólogo corre por cuenta del cineasta Eugenio Mira, amigo personal del autor y colaborador en diversos proyectos.


Jack Taylor junto a Ivonne De Sentis en "Viaje al centro de la Tierra" (Juan Piquer, 1977).

Historia viva

Basta un primer vistazo a las páginas para darse cuenta de que afrontamos las vivencias de un hombre distinto, que ha coincidido y trabajado con algunos de los actores y actrices más grandes de la historia. Por nombrar solo algunos: Marilyn Monroe, Henry Fonda, Marlene Dietrich, Greer Garson, Pola Negri, Christopher Lee, Klaus Kinski, Rex Harrison, Arnold Schwarzenegger, Mickey Rooney, Richard Burton, Max Von Sydow o Natalie Portman.

   Asimismo, compartió focos con grandes nombres de cine patrio, desde Imperio Argentina a María Conesa, Alfredo Mayo, Saza, Antonio Ozores, Amparo Soler Leal, Victoria Abril, Javier Bardem, Eduardo Noriega, Kity Manver, Héctor Alterio o Carlos Hipólito, por no hacer la lista interminable.

   También es impactante la nómina de directores de renombre ante cuyas cámaras desarrolló su talento. Entre los internacionales, constan John Milius, Milos Forman, Roman Polanski o Joseph Mankievich. Por su parte, la nómina nacional incluye a Pilar Miró,  León Klimovsky, Carlos Aured, Amando Ossorio, Mariano Ozores, Emilio Martínez Lázaro, Alfonso Ungría, Vicente Aranda, Jesús Franco, Javier Elorrieta, Antonio Giménez Rico, Víctor Erice, Francisco Rovira-Beleta, Juan Piquer Simón, Eugenio Mira, Santiago Tabernero... Historia de antes y de ahora tras el objetivo.

De izquierda a derecha: Jack Taylor, Paul L. Smith, Ian Sera y Edmund Purdon en "Mil gritos tiene la noche" (Juan Piquer, 1982).

 El relato va y viene por la memoria y el tiempo a través de los capítulos de Cuento lo que me permite su disco duro. El resultado no tiene nada de deslavazado, sin embargo, puesto que siempre mantiene un sutil hilo conductor que dota a la historia de una brújula propia.

   México, España, Italia, Turquía, Francia, Marruecos, Alemania... El cosmopolitismo de su trabajo le ha llevado por medio mundo, algo que Taylor lleva a gala. Su amor se redobla en los casos de México D.F., donde empezó todo; Berlín, la ciudad en la que se siente feliz rodeado de cultura; París, lugar de tantos recuerdos buenos, o Madrid, a la que ha convertido en su casa tras medio siglo de fidelidad.

Momentos buenos y menos buenos

Jack Taylor no ha querido hacer una enumeración pesada y prolija de su carrera profesional, ni hacerlo en estricto orden cronológico y progresivo. Ha preferido soltar a borbotones todo lo que le salía de su “disco duro”, sin discriminar recuerdos, recordando tanto los buenos momentos como los menos buenos. Y se ve a lo largo de las páginas que ha disfrutado haciéndolo, visualizando tanto las vivencias propias como las que le han contado tras horas de camerinos, vestuarios, escenarios y plateas.

   Como él mismo recalca, a las nuevas generaciones algunos de estos nombres y formas de trabajar que ha relatado “les sonará a chino”. Pero ahí quedan. “Para la historia y para el que quiera leerlo”, reflexiona.

   Algunas revelaciones de este libro de memorias: nuestro protagonista vivía enfrente de Marilyn Monroe, compartió camerino con Imperio Argentina y María Conesa, intercambió confidencias con Shelley Winters y sabría bien qué contestar si le llamaran Wamblí Glishká (Águila Moteada). En las páginas no encontrará el lector, en cambio, carnaza rosa, historias procaces, secretos de alcoba o alabanzas gratuitas. El propio actor lo deja claro en la dedicatoria de inicio a su hijo y en su cita de Walt Whitman.

   Al final de este entretenido pasaje de la historia cinematográfica  reciente solo se vislumbra un punto negro en el horizonte de los recuerdos de Taylor. El de Oregón nunca pudo cumplir el sueño de trabajar con su admirado Orson Welles. Pero esa es otra historia.